¿Por qué aparece la enfermedad?
La visión espiritual de la sanación según las tradiciones antiguas
“De este modo nos fabricamos nuestros equilibrios y nuestros desequilibrios. Nuestras ocasiones de salud así como las que de nuestras enfermedades son los justos frutos de las elecciones que hacemos».
En el libro Así curaban ellos, de Daniel Meurois, en su capítulo 3, ofrece una mirada profunda y transformadora sobre el origen de la enfermedad desde la perspectiva de las antiguas tradiciones egipcia y esenia. Lejos de entender la dolencia como un simple fallo biológico, estas corrientes la concebían como la manifestación visible de conflictos internos, energéticos y espirituales no resueltos.
La enfermedad como guerra interior
Una de las primeras preguntas que los sacerdotes-terapeutas planteaban al enfermo era: «¿Contra quién estás en guerra?». Esta cuestión revela una concepción radicalmente distinta de la enfermedad: no se trataba de analizar el síntoma, sino de escuchar el alma.
Según esta visión, toda desarmonía física nace de una guerra interior: contra una persona, una circunstancia o, más profundamente, contra uno mismo. La enfermedad aparece cuando el ser humano se fragmenta, cuando pierde la percepción de unidad con su propia vida y con el mundo.
Este planteamiento conecta directamente con lo que hoy denominamos enfermedad psicosomática, aunque va más allá al integrar dimensiones energéticas y de conciencia.
El poder creador del pensamiento y el “granero de pensamientos”
Las tradiciones antiguas afirmaban que el pensamiento no es neutro. Cada idea genera una energía que se integra en un vasto campo colectivo, descrito simbólicamente como un granero de pensamientos.
En él se agrupan todas las vibraciones humanas: amor, miedo, cólera, compasión, odio… Cada persona entra en resonancia con estos campos según su estado interior.
Desde esta perspectiva, cultivar pensamientos de conflicto refuerza el conflicto, mientras que sostener estados de coherencia, dulzura y unidad nutre la salud. El ser humano no solo emite energía mental: también se alimenta de ella.
Coherencia interior y protección frente a la enfermedad
Uno de los conceptos clave del capítulo es el de coherencia. Los terapeutas antiguos observaban que no era tanto la moralidad externa lo que protegía de la enfermedad, sino la coherencia profunda entre lo que una persona piensa, siente y vive.
Incluso individuos con comportamientos agresivos podían mantenerse sanos si su estructura interna era coherente y estable.
La enfermedad aparece con mayor facilidad cuando existe una fractura entre el mundo interior y la vida exterior, cuando la persona vive en contradicción consigo misma o se instala en el victimismo.
La enfermedad como entidad y proceso consciente
El texto introduce una idea especialmente poderosa: la de la entidad-enfermedad. Según la tradición esenia, ciertas enfermedades —especialmente las infecciosas— no eran solo procesos biológicos, sino expresiones de inteligencias energéticas primarias, alimentadas por campos colectivos de pensamiento.
Esta concepción no negaba la realidad física de los microbios, sino que ampliaba su comprensión, integrándolos en una visión más sutil de la vida. La sanación no pasaba por combatir, sino por restablecer la armonía y la conciencia.
El despertar de niveles superiores de conciencia
Aborda la noción de los chakras y los niveles de conciencia. Mientras el ser humano común opera desde siete centros energéticos, figuras como Akenatón o Jesús habrían activado niveles superiores, incluido lo que se denomina el octavo chakra, vinculado al plano supramental o espiritual.
La sanación auténtica se produce cuando estos niveles latentes comienzan a despertarse, no como algo que se adquiere, sino como algo que ya existe en estado potencial en cada ser humano.
La enfermedad como cita kármica y oportunidad de transformación
Otro aspecto esencial es el factor necesidad. No todas las enfermedades se explican por incoherencia o conflicto. Algunas forman parte de una cita kármica, una experiencia necesaria para el aprendizaje, la depuración o el despertar de la conciencia.
Desde esta mirada, la enfermedad no es un castigo, sino una oportunidad de transformación. Puede ser vivida desde la resistencia o desde la comprensión. La aceptación consciente no implica pasividad, sino una colaboración profunda con la inteligencia de la vida.
La inteligencia celular y la sanación desde la compasión
Finalmente, el capítulo subraya la importancia de la inteligencia celular. Para egipcios y esenios, cada célula era una entidad sensible, capaz de responder al amor o al conflicto.
El terapeuta no era un combatiente, sino un reparador, alguien que acompañaba desde la compasión, la escucha y la simplificación interior.
La verdadera sanación comenzaba cuando el ser humano restablecía una relación armoniosa con lo Vivo en sí mismo.
“Con frecuencia os escucho acusar al otro, o a las circunstancias de vuestra vida, cuando la enfermedad toma posesión de vosotros. Clamáis contra la incomprensión, contra la injusticia, e incluso a veces la tomáis con vuestro Padre Celeste… ¡Qué ceguera, amigos míos! ¡Y qué falta de escucha a todo con lo que os cruzáis en vuestro camino! ¿No sois vosotros quienes habéis generado, una tras otra, cada una de las circunstancias y de los encuentros de vuestra vida? ¿No es exacto que si os encontráis ahora frente a mí, es porque habéis hecho elecciones y dirigido vuestros pasos en una dirección y no en otra? Yo soy vuestra circunstancia… para cierta forma de salud.
Escuchadme y creedme… Somos siempre circunstancias unos para otros. Las piezas de un gigantesco juego que atraemos hacia nosotros o que repelemos. Quiero decir que todos somos, unos respecto a otros, oportunidad para crecer o para estancarse. Somos los acontecimientos por los que nos modelamos y nos remodelamos mutuamente.
De este modo nos fabricamos nuestros equilibrios y nuestros desequilibrios. Nuestras ocasiones de salud así como las que de nuestras enfermedades son los justos frutos de las elecciones que hacemos. El otro, aquel al que acusamos, no es más que el pretexto tras el cual se esconde nuestra ceguera y nuestra inconsciencia. El enemigo es siempre algo que criamos y al que nutrimos constantemente en nosotros mismos… Y lo inventamos en su totalidad ya que, en realidad, no existe.”
Así curaban ellos
Daniel Meurois

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